Espacio Crítico 7 otoño 2009

noviembre 30, 2009

La Tercera Caída


La Tercera Caída

Por: Santiago Pineda Aliseda

La audiencia ruge afuera y clama por los luchadores, desea verlos, y espera sentirlos. Quiere verlos partirse la madre entre sí, sufrir, sudar, sangrar. De pronto, comienza una música de entrada, la audiencia comienza a gritar y cuando el presentador emerge y sube prontamente al ring, guarda un silencio expectante. Los aficionados comienzan a acercarse a las filas que los separan de poder tocar a los gladiadores. En un instante, unas figuras masculinas con cuerpos fornidos emergen de la oscuridad y dejan ver sus cuerpos bañados por la luz. La gente comienza a admirarlos, clamando sus nombres y exigiendo su sangre. Un pitido atronador da comienzo a la lucha.

Mientras tanto, en la sombra de los vestidores, una figura se prepara para la siguiente lucha. Con cuidado, se acomoda su parche en el ojo y comienza a estirar el cuello, cada movimiento, un ritual de alguien que juega su vida noche con noche. La figura mira con su único ojo la lucha encarnecida por sus compañeros.

“Toda la gente quiere estar arriba de un cuadrilátero, pero eso no cualquiera lo logra. Entonces cuando estás ahí valoras el trabajo, valoras al luchador que ha logrado subirse”,  suspira el Pirata Morgan desde la oscuridad del pasillo.

Este es el ambiente que se vive una noche de lucha en la Arena Naucalpan. La gente clama por los luchadores y se identifica con ellos, los ve como héroes invencibles que aguantan cada golpe que les lanza el adversario.  Sin embargo, estos gladiadores son personas, personas que sienten y sufren y que han pasado por un proceso que los ha hecho ser reconocidos. Pero ellos en algún momento, también fueron espectadores, y compartieron estas sensaciones, compartieron las butacas y experimentaron de primera mano las caídas.

Inspiración gladiadora

Muchos luchadores comenzaron viendo películas de los luchadores, experimentaron alegrías con los largometrajes en los cuales el Santo aparecía y luchaba. El NegroNavarro, la figura imponente de un hombre alto, musculoso, sonríe al recordar su experiencia con las cintas. “Fue por las películas, las películas me hicieron querer ser luchador”. Su respiración es entrecortada, puesto que acaba de bajar del ring, su piel emana sudor, pero su rostro refleja felicidad.  “La Lucha libre es mi vida entera”.  Sus hijos, quienes ahora también son luchadores (Trauma I y Trauma II), no le dejan mentir. “La lucha la llevamos en la sangre. Sin las luchas no seríamos lo mismo”, nos revelan Trauma I y Trauma II.

Adentrándonos más en los camerinos encontramos un espacio donde los luchadores brindan entrevistas a los medios de comunicación antes de salir a luchar. Ahí están, iluminados bajo los reflectores, dos figuras imponentes de la lucha libre: Fuerza Guerrera y su hijo Juventud Guerrera. Fuerza Guerrera es una figura que ha dejado su marca en la historia de este deporte, luchando contra grandes personajes como Santo. Por otro lado, Juventud Guerrera se encuentra regresando de su periodo de lucha en Estados Unidos, donde participó en la WWE y la ECW. Después de que los medios terminan de hacer sus preguntas, me acerco nervioso a preguntarles si puedo hacerles una breve entrevista, ambos, amablemente acceden.

Fuerza Guerrera nos confiesa que mucho de su interés por participar en la lucha libre vino de lo que veía en la televisión, le llamaba la atención el glamour de los gladiadores, lo que representaban para la gente y cómo se relacionaban con ellos. Mientras tanto, en el fondo, hay un televisor en donde se puede ver la lucha que sucede en la arena, con cierta timidez volteo mi rostro hacia la pantalla y observo lo que en ella se desarrolla. No puedo evitar quedarme sorprendido.

 

 

Los rostros de la gente al ver a los luchadores son indescriptibles. Sus muecas demuestran su preocupación, el dolor que comparten al verles recibir los golpes, la felicidad en sus sonrisas esbozadas cuando las llaves realmente logran destrozar al rival. Y los luchadores saben de esta situación, saben que son considerados héroes de sangre y hueso, personajes que realmente existen y que luchan por sus aficionados. “Pero ya nos quitamos la máscara y pasamos al lado de ellos y ya, como si nada”. Trauma II traga saliva al confesar este detalle.  Para ellos, su máscara es su vida, la lucha les brinda un reconocimiento que los saca del anonimato.

Pasión por las luchas

Mario (nombre ficticio para proteger la identidad de nuestro entrevistado)  un chico  de 20 años quien a pesar de resultar imponente físicamente (medía más de 1.80, y era bastante fornido), se sentía vacío por dentro. Sus bajas calificaciones en la escuela privada a la que asistía no hacían más que acrecentar este valor, mas su desempeño en el área de las matemáticas era impresionante, al grado de que muchos maestros le recomendaron estudiar actuaría.  Sin embargo, este joven seguía sintiéndose mal y no podía evitar sentirse menos al compararse con sus compañeros. Esta es la historia de un joven que vio en la lucha libre una manera de escapar.

“Cuando era pequeño”, nos revela Mario en la entrevista, “los demás niños siempre me molestaban, especialmente los que eran más grandes que yo. Siempre estaban tratando de propasarse conmigo y como yo era pequeño no podía hacer nada”. Este tipo de abusos, orientaron  al pequeño a buscar una manera de protegerse y de refugiarse en contra de la situación que se encontraba viviendo en ese momento.  Por lo que buscó maneras de verse más rudo e inclusive de intimidar.

También nos confiesa que cuando era niño siempre le gustaba ir a casa de una de sus tías, puesto que ella siempre le dejaba mirar las luchas en la televisión. Los ojos de Mario se iluminan al contarnos su historia, justo como si fuera un niño recordando una travesura. “En las fiestas siempre escabullía para mirar las luchas, no importaba si estaba en un bautizo o en una boda, yo encontraba la forma de verlas.”  Su luchador favorito siempre fue Atlantis, aunque recuerda haber visto películas del Santo y de Blue Demon, y siempre se le hicieron muy interesantes. En ese momento, saca de uno de sus bolsillos una fotografía. En ella se ve a Mario más joven, abrazando a un luchador con el rostro ensangrentado. El luchador y el niño están sonriendo como si ninguno de ellos se diera cuenta de que uno de ellos estaba herido. “Cuando me tomé esta foto, no podía creer mi suerte: ¡un luchador se estaba tomando una foto conmigo!”

En la actualidad, cuando acudimos al espectáculo luchístico nos damos cuenta de muchos detalles similares. Hay muchos padres y familias que llevan a sus hijos para así compartir una pasión en común. Hay algunos, por ejemplo, que llevan las máscaras de todos los luchadores que participarán en la función del día, y no esperan más que finalice la lucha para así ir corriendo tras de ellos a pedir quefirmen la máscara. Otros niños miran con sus bocas abiertas el espectáculo y no pueden más que quedarse sin aliento al ver cómo a pesar de la cantidad de castigo que reciben, los luchadores se siguen levantando.  En palabras de Juventud Guerrera, “La verdad es que los luchadores somos héroes de carne y hueso. Y me doy más cuenta con los niños. Ellos tienen una sonrisa de oreja a oreja cuando nos ven. Nos pueden tocar y la verdad somos como lo que mi papá era para mí”. Y dicho y hecho, una vez terminada la lucha de Juventud Guerrera, muchos niños corrieron hasta él para tomarse fotografías, y cada vez que lo hacían, Juventud se sonreía ampliamente.

Mario se volvió aficionado de los deportes de contacto conforme iba creciendo, se sabía los nombres de todos los luchadores, y en la manera que su economía se lo permitía, iba comprándose de vez en vez máscaras, “de las baratas, porque no tengo tanto dinero”, aclara entre risas. Pero el momento que más le marcó la vida fue cuando se enteró que en la Arena Naucalpan se daban clases para convertirse en luchador, todo parecía apuntar a que su sueño estaba a punto de convertirse en realidad.

La Lucha en La Sangre

Adolfo “El Pirata” Moreno llegó a Naucalpan en 1961 organizando entonces una función de lucha libre. Nadie creía en él y todo mundo le decía que el espectáculo iba a ser un fracaso, sin embargo, cuando comenzó la lucha, la gente fue llegando, al grado de que el espacio donde se había brindado el espectáculo se llenó. Dándose cuenta del éxito que resultó ser, Adolfo decidió empezar a realizar los trámites necesarios para construir una arena.

El primer paso fue rentar un antiguo local utilizado como palenque de gallos. Éste fue remodelado lentamente; Adolfo fue apoyado por su familia y por otros empresarios (como el dueño del café Algusto) y al cabo de un año se abrieron las puertas de la arena KO Al Gusto, con capacidad para 800 espectadores.

Con el tiempo, la gente empezó a ver la llegada de grandes estrellas del mundo de la lucha libre, factor que convirtió a la KO Al Gusto en un lugar de reunión popular. En este periodo, Adolfo Moreno aprovechó para construir una mejor arena en un terreno ubicado a pocos metros del primero, transformando así a la Arena KO Al Gusto en la Arena Naucalpan, teniendo ésta un cupo de más del doble del que inicialmente tenía.

La Arena Naucalpan abrió sus puertas el 21 de diciembre de 1977, con un cartel que incluía a figuras como El Santo, Huracán Ramírez, Gran Harmada, Scorpio y El Signo. Y no sólo el público le dio la bienvenida a estos luchadores, sino también el mismo edificio, acondicionado con áreas de aseo, descanso, servicio médico e inclusive con una mini capilla. Asimismo, fue la primera vez que se incluyó música durante las funciones de lucha.

La propiedad de la arena se pasó entonces al Grupo Internacional Revolución, el cual está conformado por miembros de la familia Moreno, entre ellos, el presentador y la siempre amable Doña Lucha. Doña Lucha atiende la tiendita y cada vez que la gente entra a la parte de debajo de la arena, los saluda efusivamente, en especial a personajes como Doña Carmen, quien lleva más de 25 años asistiendo cada fin desemana. Doña Carmen es también una celebridad, ella reparte entre los aficionados matracas y pañoletas para que así le ayudes a hacer del espectáculo una verdadera experiencia de desfogue. Pero ojo, porque si no haces el suficiente ruido con ellos, te pedirá que se los pases a alguien que si los utilice correctamente.

Sin embargo, el mayor valor de la Arena Naucalpan es su escuela de lucha libre. El Pirata fundó paralelamente una escuela de lucha libre para que así los que quisiesen entrenar para convertirse en luchadores pudieran hacerlo. Esto fue algo que le permitió independizarse de las Arenas México y Coliseo, ya que obtenía así su propio grupo de luchadores. La Arena Naucalpan demostró su valía al ser hogar de varias figuras importantes de la lucha libre de hoy en día, entre las que se encuentran Dos Caras, Felino, el Negro Navarro, Dr. Cerebro, Cerebro Negro, entre otros. De esta forma, la Arena Naucalpan se volvió un lugar donde cualquiera que desease ser luchador podía ir a entrenar, creciendo poco a poco y abriéndose paso en el mundo de este rudo deporte.

Sudor de Campeón

El arduo entrenamiento de los aspirantes a luchadores

Mario decidió meterse al entrenamiento de lucha por lo que no dudó en pedirles a sus padres que le prestaran dinero para poder realizar su sueño. Es en ese momentocuando su rostro deja de verse tan sonriente y se vuelve un poco sombrío. “No tienes idea de cómo se pusieron, me la armaron de tos y no querían ayudarme”.  Sus padres le dijeron que ese tipo de cosa lo iba a dejar en la ruina y lo iba a hacerse volverse el hazmerreír de la sociedad, pero Mario no estaba dispuesto a dejar morir su sueño así tan fácil, por lo que ideó un plan junto con su tía para así poder lanzarse a los entrenamientos de forma encubierta.

“Yo ya estaba en ese entonces en el equipo de fútbol americano, por lo que le decía a mis papás que tenía entrenamiento hasta tarde, y entonces, después de las clases de fut me iba a la Arena Naucalpan”. No pude evitar sorprenderme al escuchar esto, puesto que supuse que debía de ser extremadamente pesado. “No sabes, acababa muerto, era pesadísimo”.

El entrenamiento del luchador es muy pesado, en un día básico, la rutina es correr bastante para desarrollar piernas y pulmones, hacer gimnasia para estar elástico, pesas para lograr fortaleza física y entrenar lucha con sus caídas, llaves básicas, contrallaves, cada una con sus tiempos. Por lo mismo, decidí ir un día a admirar uno de estos entrenamientos y me sorprendí. Era un grupo de aproximadamente 15 personas, tanto hombres como mujeres, de edades tan disímiles que el más grande de ellos tenía 36 años y el más pequeño tenía 12. Todos estaban echándole todas las ganas del mundo, con determinación en sus rostros.

Diva Salvaje, luchador exótico

Fuerza Guerrera nos dice que él comenzó a entrenar desde que era pequeño, metiéndose al box desde los 12 años y pasando a la lucha libre a los 18.  Diva Salvaje, un luchador exótico (un hombre que lucha vestido de mujer),  tiene una anécdota al respecto. “Mira, la lucha libre siempre me ha gustado. Inclusive yo cuando lo veía en la televisión la lucha exótica, dije que yo quisiera llegar a ser como ellos. Yo creo que yo empecé a entrenar demasiado tarde. Bueno, nunca es demasiado tarde para hacer las cosas. Yo empecé a entrenar ya grande. Y gracias a Dios se me ha dado la oportunidad, en mi tierra como en otras ciudades donde yo he ido.”, dijo Diva Salvaje justo después de ofrecer un espectáculo impresionante, él y dos exóticos más, aplastaron a unos luchadores masculinos en el ring, demostrando una técnica impresionante inclusive para los que ya llevaban mucho tiempo ahí, como doña Carmen. “Siempre me sorprenden esos muchachos”, nos comentó la señora terminada esa lucha.

El entrenador regaña a los alumnos

A cada pitido del entrenador, los jóvenes subían al ring en parejas, hacían la plancha (uno de ellos se avienta el piso y el otro lo salta), y después rebotaban en las cuerdas para cambiar de posiciones. Más adelante, el entrenador los alentaba a que realizaran unas llaves sencillas, y les repetía como tienen que caer. No había ningún momento para respirar, puesto que cuando uno de ellos se detuvo, el entrenador volvía a soplar el silbato y detuvo todo el entrenamiento. “Tienes que entender”, decía gritando, “que no puedes pararte un segundo, si lo haces mal, si lo haces sin ganas, si lo haces más lento puedes poner en peligro la vida de tus compañeros”. Actoseguido, continuó el entrenamiento y comprendí exactamente a qué se refería, las caídas eran cuidadosamente cronometradas y excelsamente coordinadas. Los jóvenes, a pesar de estar increíblemente cansados, continuaron, sudando cada última gota. “Si estaban cansados, ¿no, cabrón?”, me pregunta Mario carcajeándose después de enterarse que fui a presenciar un entrenamiento.

El entrenador tiene un rostro avejentado y marcado por la edad. Una vez terminado el entrenamiento, me acerco a él y platicamos. “Mira, los entrenamientos los hacemos porque realmente queremos que la juventud se interese por el deporte, y lo hacen los niños porque les gusta la lucha, y si así nosotros podemos mantenerlos alejados de las drogas y del alcohol, pues seguiré haciendo la clase tan interesante como pueda”. De la misma forma, nos dice que se pide que los aspirantes tengan documentos en regla, y que si están entre los 12 y los 14 años, tienen que tener la autorización de sus padres. Pero lo más importante de todo es que se les inculca a todos que cuando se quiere, se puede lograr. “La verdad es que la lucha libre me da sueños imposibles. Entonces estoy muy agradecido con la vida, con Dios.”, remata al respecto Juventud Guerrera.

Juventud Guerrera

Para Mario, ése era su sueño, el ser un luchador y ser totalmente reconocido por sus compañeros, al grado de que cuando algunas de las personas en la escuela seenteraron de lo que estaba entrenando, comenzaron a reconocerlo, y todos lo ubicaban.  “Llegaban conmigo y me preguntaban si era cierto que yo era el chavo que estaba entrenando para ser luchador. Muchos estaban realmente impresionados por ello.” Sin embargo, su rostro se torna sombrío nuevamente al revelarme que él deseaba poder contarles a sus padres, y que le dolía mantenerlo en secreto de su familia. “Es muy difícil la verdad, porque dejas a tu familia, dejas hijos. Y sí te duele ¿no? Pero así es la vida.”, nos confiesa Juventud Guerrera con un dejo de tristeza en su voz.

Armas de gladiador

El glamour de una diva

“Mira, yo al principio no quería utilizar máscara. Yo pienso que un luchador no necesita de un aditamento para destacar cuando varios tienen algo.”, expresa Fuerza Guerrera. Procede entonces a contarnos que la decisión de utilizar máscara vino apartir de las recomendaciones de sus compañeros, quienes le dijeron que una máscara podía volverlo más interesante y así agregarle un aire de misterio. “El glamour, las piedras, el maquillaje, las pestañas, la elegancia. Pero sobre todo, te acabas de dar cuenta de que independientemente de que somos exóticos, independientemente de que utilicemos plumas, maquillaje, lo que tú quieras, sabemos responder arriba de un ring.”, nos dice orgulloso Diva Salvaje.

 

Los luchadores vienen a conjuntarse con una especie de magia, no es casualidad que los niños se sorprendan al ver sus trajes y pidan con fervor a sus padres que les compren máscaras para así poder emular a sus ídolos. “Esta máscara”, nos cuenta Mario mientras saca de su mochila una máscara de Atlantis, “significa mucho para mí porque es uno de mis ídolos. Es más, tengo una anécdota con ella”. Nos cuenta entonces, totalmente emocionado, que un día consiguió trabajo cuidando la entrada de una Arena. “En un principio era muy aburrido, pero de pronto vino alguien y me dijo que venía Atlantis”, su cara se ilumina al contarnos este pasaje. “Yo empecé a gritar, bueno, no a gritar, pero tú me entiendes, iba a ver a Atlantis. Y entonces me dijeron que la máscara de Altantis se había dañado o algo así y que necesitaba un repuesto rápido, en lo que le conseguían otra. ¡Y yo se la presté!” Su rostro no puede evitar reflejar la emoción que siente.

Mario quería utilizar máscara y nos cuenta que ya tenía planeados diferentes modelos para cuando terminara su entrenamiento. “Yo quería algo que diera miedo, que realmente hiciera que la gente se impresionara. Y también necesitaba un nombre así, pero ese nunca lo encontré”, comenta entre risas. Sin embargo, hubo una cuestión que lo desanimó un poco posteriormente. “Cuando me di cuenta de que si yo usaba máscara mucha gente no me iba a reconocer, si me la pensé dos veces, digo, a final de cuentas, quería ser alguien.”

La máscara es un elemento primordial de la identidad del luchador mexicano, ella nos brinda una dimensión de que lo que estamos viendo arriba del ring no es cualquier deporte, es un espectáculo donde las fuerzas del mal y del bien se están confrontando. Es más, la máscara ha llegado a ser tan importante para las personas que se hacen noches especiales de máscara contra máscara, o máscara contra cabellera. Al respecto, Juventud Guerrera nos dice: “Perdí en el 98 en una lucha cabellera contra máscara. La primera vez que se hacía en Estados Unidos en un evento de pago por evento a nivel mundial, entonces la verdad estoy muy orgulloso de eso.”

La tercera caída

Sin embargo, Mario no podía soportar un estilo de vida tan pesado. “Hubo un momento en el cual me tenía que empezar a meter cosas para aguantar, porque no podía, era demasiado: la escuela, los entrenamientos de fútbol, las luchas, el estrés, no podía. Mi tía me dijo alguna vez que si seguía hacía me iba a colapsar, y pues no le hice caso, pero no le falló.” Nos revela ya algo apenado, casi sin mirarnos a los ojos. Un día sencillamente no pudo más y se desmayó.

Cuando volvió en sí, estaba su padre enfrente y le preguntó con voz tenue qué era lo que había pasado. Mario le mintió y le dijo que todo era por el entrenamiento de fútbol que lo tenía muy caso, no obstante, él no sabía que su tia ya le había informado a su padre la naturaleza de la situación. “Me miró a los ojos y me dijo que sabía que no le estaba diciendo la verdad”. Los ojos de Mario parecen por un momento casi llenarse de lágrimas. “Hablamos esa noche sobre lo que yo estaba haciendo y al final me dijo que me quería mucho y que si eso era lo que quería, que siguiera, que continuara haciéndolo, pero que antes acabara la prepa aunque fuera.”  Su cara esboza una pequeña sonrisa pícara. “Ah, pero me dijo que no le dijera a mi mamá.”

El entrenamiento no es para cualquiera

Mario continuó entonces con el entrenamiento, dando lo mejor de sí, entregándose en cada momento y practicando lucha grecorromana, puesto que por su peso nopodía intentar estilos más arriesgados como la ahora tan popular lucha área. La escuela la sacaba a marchas forzadas, tratando de hacer el mínimo esfuerzo para así poder dedicarse de lleno a lo que realmente quería. De lunes a miércoles iba a entrenamientos de fútbol americano y luego de 8 a 10 de la noche le seguía en los entrenamientos de lucha libre. Todo parecía apuntar a que todo iba saliendo viento en popa. Sin embargo, algo terrible le sucedió.

 

“Tuve un pequeño accidente en fútbol americano y me tronaron la rodilla”. Con cierta vehemencia en su voz, Mario nos dice que cuando era más pequeño un día se había tropezado y caído con la rodilla encima de un clavo, por lo que ya la tenía algo frágil. A pesar del dolor, decidió aguantarse y no revelar el dato puesto que no quería perder la oportunidad que recientemente se le había abierto al brindarle su padre todo el apoyo posible. Los entrenamientos de lucha libre le resultaban casi imposibles, eran arduos y trabajosos y no podía dar lo mejor de sí. Sus compañeros notaron el problema y decidieron hablar con él lo antes posible. “Me preguntaron que si realmente quería yo estar ahí,” su voz tiembla ligeramente al comentarnos esto, “me dijeron que yo no necesitaba realmente la lucha libre si yo tenía la oportunidad de tener una vida mejor. Ellos me dijeron que sus vidas eran difíciles, que eran obreros, cargadores de la Central de Abastos, y que lo hacían para sentirse mejor consigo mismos, y que si yo tenía la oportunidad de ser alguien en la vida, de ir a la universidad, que no la desperdiciara.” Traga saliva y mira al vacío, sus ojos enmarcando cierto dolor.

Mario no pudo continuar por mucho tiempo y tuvo que salirse de la lucha libre y del fútbol americano. “Mi mamá se enteró poco tiempo después y sí lo tomo muy mal, se enojó porque mi papá y yo le estuvimos mintiendo, para ya después se le pasó.” Sus familiares, quienes también se enteraron, se sorprendieron, pero ya ahora en las comidas familiares, de vez en cuando sacan a relucir esa anécdota. Hasta su madre le dice que él pudo haber sido un buen luchador de haberle seguido. “Y yo le digo que no chingue, que si eso pensaba, me hubiera apoyado desde el inicio.”

Apagando las luces

La función termina en la Arena Naucalpan y los espectadores pueden volver a respirar después de horas de emoción. Poco a poco van levantándose de sus lugares y algunos van dejando la arena, otros corren hacia los luchadores que se bajan del ring, y se toman fotos con ellos. Mario, sin embargo, no es de los que está ahí. “Hace tiempo que no voy, no sé, me trae muchos recuerdos,” nos dice Mario con una voz casi llorosa.

Los luchadores firman autógrafos, y después, cansados y sudorosos comienzan a caminar hacia los vestidores. Allá los espera una ducha caliente, y una vez quehayan salido de la Arena Naucalpan, la vuelta al anonimato, un mundo donde ninguno de ellos desea estar, pero que tiene que regresar después de estar lidiando con esta doble vida. Pero saben que cuando lo necesiten, pueden regresar y experimentar de nuevo el fervor de los aficionados.

“Somos gente de carne y hueso, que sentimos, tenemos golpes, caídas y sopetones, pero como te digo, lo importante es que estés rodeado de una buena familia, de una buena vibra. Para que sigas adelante y no mires para abajo”, y, con eso, Fuerza Guerrera, esbozando una sonrisa, pide que apaguen los reflectores.

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